Nunca en cines de Andrés Burgos

Por @animesa
Cuando se murió mi tía Ángela recuerdo que con quien más duro me daba encontrarme era con María Emilia, su mejor amiga. Nos abrazamos fuerte creo que en dos ocasiones. Quería que le quedara claro, sin ser capaz de decirle ni una palabra, que no necesitaba que ella me consolara a mí, que yo quería consolarla a ella.
Camilo, el amigo que se le muere a Andrés Burgos en su libro “Nunca en cines”, suena a persona impresionante. No parece que Andrés, lleno de amor por el amigo, haya hecho un dibujo desproporcionado del recuerdo que tiene de él. Suena a un juicio preciso de una persona que era más grande que todas las enfermedades que se ensañaron con él y que terminaron por matarlo. Esa gente que deja un espacio enorme desocupado porque son grandes y altos y llenos de energía y hablan duro y hacen cosas por todo el mundo.
Las historias de amigos hombres me encantan. A diferencia de nosotras – las viejas – que, perdónenme, tenemos una mejor amiga en cada esquina y nos encontramos al amor de la vida cada dos meses, los hombres tienen relaciones entre ellos que son menos emotivas pero más profundas. Generalidad, sé que peco; quiero decir que no es tan sencillo que un hombre hable de otro como Andrés habla de Camilo. Uno se enamora de la relación que tienen los dos y odia que cuando los momentos más duros llegan ellos no puedan estar juntos.
Un montón de eso hay que intuirlo, porque Andrés no hace un libro sobre su dolor y se permite hablar de eso, a mi juicio, muy poquito; tan poco, que cuando de verdad dice dos cosas al comienzo y al final que pueden sonar cursis, pero que están llenas de cariño, lo hace usando ese jueguito infantil de hablar con la ché y con la pe como para que queden camufladas y para que, si no podemos jugar ese juego, mejor no nos enteremos de todo lo que le duele; como para que quede solo entre ellos dos.
En el libro, además, uno se entera de los comienzos de Andrés y Camilo haciendo cine, porque la historia de casi todo el texto es sobre una película que es un pretexto, como el libro es un pretexto para llevarlo a uno hasta uno de los capítulos finales donde se habla de lo que da nombre al libro y que consiste en algo que nunca veremos y que fue construido únicamente para que Camilo pudiera dar consuelo a su familia y amigos. Uno, que en ese punto ya lo necesita, lo encuentra un poco en lo que Andrés alcanza a contar sobre eso.
Al libro se le nota el vértigo de quien escribe sin detenerse porque le sale de un lugar donde las cosas son tan claras que no hay que devolverse a editar ningún sentimiento. Debe ser esa misma velocidad la que lo lleva a uno a no soltar el libro hasta terminarlo… Está escrito en un tono, a pesar de los muchos apuntes divertidos y graciosos, en el que uno intuye que llegará el llanto, que en mi caso no se hizo esperar.
La muerte de los amigos tiene que ser una de las cosas más dolorosas por las que uno tenga que atravesar con el agravante de que estando en esa posición uno será más consuelo que consolado.
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Por pura coincidencia resultó que Ana María y yo comenzamos a leer Nunca en cines casi simultáneamente, así que me pareció una buena oportunidad para invitarla a escribir en este blog y de paso reseñar el libro. Como siempre la idea de estas entradas no es hacer crítica literaria en toda ley, sino escribir una suerte de pequeña glosa adobada con algo de experiencia personal y contar un poco las circunstancias que rodearon el proceso de lectura. Ana María con gusto aceptó la oferta, y yo más gustoso la publiqué.







