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Nunca en cines de Andrés Burgos

Por @animesa

Cuando se murió mi tía Ángela recuerdo que con quien más duro me daba encontrarme era con María Emilia, su mejor amiga.  Nos abrazamos fuerte creo que en dos ocasiones.  Quería que le quedara claro, sin ser capaz de decirle ni una palabra, que no necesitaba que ella me consolara a mí, que yo quería consolarla a ella.  

Camilo, el amigo que se le muere a Andrés Burgos en su libro “Nunca en cines”, suena a persona impresionante.  No parece que Andrés, lleno de amor por el amigo, haya hecho un dibujo desproporcionado del recuerdo que tiene de él.  Suena a un juicio preciso de una persona que era más grande que todas las enfermedades que se ensañaron con él y que terminaron por matarlo.  Esa gente que deja un espacio enorme desocupado porque son grandes y altos y llenos de energía y hablan duro y hacen cosas por todo el mundo.

Las historias de amigos hombres me encantan.  A diferencia de nosotras – las viejas – que, perdónenme, tenemos una mejor amiga en cada esquina y nos encontramos al amor de la vida cada dos meses, los hombres tienen relaciones entre ellos que son menos emotivas pero más profundas.  Generalidad, sé que peco; quiero decir que no es tan sencillo que un hombre hable de otro como Andrés habla de Camilo.  Uno se enamora de la relación que tienen los dos y odia que cuando los momentos más duros llegan ellos no puedan estar juntos.

Un montón de eso hay que intuirlo, porque Andrés no hace un libro sobre su dolor y se permite hablar de eso, a mi juicio, muy poquito; tan poco, que cuando de verdad dice dos cosas al comienzo y al final que pueden sonar cursis, pero que están llenas de cariño, lo hace usando ese jueguito infantil de hablar con la ché y con la pe como para que queden camufladas y para que, si no podemos jugar ese juego, mejor no nos enteremos de todo lo que le duele; como para que quede solo entre ellos dos.

En el libro, además, uno se entera de los comienzos de Andrés y Camilo haciendo cine, porque la historia de casi todo el texto es sobre una película que es un pretexto, como el libro es un pretexto para llevarlo a uno hasta uno de los capítulos finales donde se habla de lo que da nombre al libro y que consiste en algo que nunca veremos y que fue construido únicamente para que Camilo pudiera dar consuelo a su familia y amigos.  Uno, que en ese punto ya lo necesita, lo encuentra un poco en lo que Andrés alcanza a contar sobre eso.

Al libro se le nota el vértigo de quien escribe sin detenerse porque le sale de un lugar donde las cosas son tan claras que no hay que devolverse a editar ningún sentimiento. Debe ser esa misma velocidad la que lo lleva a uno a no soltar el libro hasta terminarlo… Está escrito en un tono, a pesar de los muchos apuntes divertidos y graciosos, en el que uno intuye que llegará el llanto, que en mi caso no se hizo esperar.

La muerte de los amigos tiene que ser una de las cosas más dolorosas por las que uno tenga que atravesar con el agravante de que estando en esa posición uno será más consuelo que consolado. 

                                                              ***

Por pura coincidencia resultó que Ana María y yo comenzamos a leer Nunca en cines casi simultáneamente, así que me pareció una buena oportunidad para invitarla a escribir en este blog y de paso reseñar el libro. Como siempre la idea de estas entradas no es hacer crítica literaria en toda ley, sino escribir una suerte de pequeña glosa adobada con algo de experiencia personal y contar un poco las circunstancias que rodearon el proceso de lectura. Ana María con gusto aceptó la oferta, y yo más gustoso la publiqué. 




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Barranquilla 2132 de José Antonio Osorio Lizarazo

Barranquilla 2132

Nunca me ha gustado la ciencia ficción. La encuentro, sobre todo,  extravagante, y también algo errática. Jamás la incorporo a mi agenda de lecturas, y prescindo de ella como prescindo de los postres a la hora de las comidas. Ni siquiera la tengo en cuenta. Ni siquiera los tengo en cuenta.

Sin embargo, hace unos días, mientras hacía tiempo para llegar a un encuentro que mucho quería tener, apareció este libro que debo confesar captó mi atención por lo atractivo de la ilustración de la portada. Como bien puede verse en la foto que acompaña este post se trata de un hongo atómico que se eleva sobre ¡una platanera! ¿Caben acaso ambos términos en una sola frase? Parece que sí, y también en una pequeña novela.

Adicionalmente algún tiempo atrás había leído con mucha curiosidad -quizás en Arcadia o en alguna revista de corte similar- una pequeña reseña sobre una colección de libros que se promocionaba bajo el sugestivo rótulo de ciencia ficción colombiana. Así que interpreté que una fuerza poderosa había dictado que estas páginas y yo teníamos que vérnoslas, y como debía dilatar una espera, y el pequeño ejemplar casaba casi perfectamente con el bolsillo de mi chaqueta, decidí comprarlo.

Lo que encontré fue esto: en el año 2132 una violenta explosión sacude la ciudad de Barranquilla, y bajo las ruinas de uno de los edificios destruidos aparece una suerte de sarcófago que resulta contener el cuerpo en estado de hibernación del doctor Rogers; un hombre de ciencia que en 1938, tras varios estudios con animales domésticos –incluido su perro- descubre la fórmula para la criogenia. Tras lo cual decide él mismo someterse a su propio experimento, con la esperanza de ser encontrado en el futuro, y ser de nuevo traído a la vida.

Rogers en efecto despierta, y todas sus funciones vitales marchan a punto, pero para encontrarse doscientos y tantos años después en un mundo que dista mucho del que dejó cuando se echó a dormir. Ese mundo es le producto de la imaginación efervescente del autor; un escritor colombiano algo trotamundos que publicó esta obra por primera vez en la década del treinta, y que Laguna Libros editó con muy buen gusto en octubre de 2011 “79 años después de ser escrito, 121 años antes que los sucesos narrados”.

El libro sorprende por lo mismo que varias novelas de Julio Verne: la similitud de lo narrado con algo de desquicio en 1932 coincide sorprendentemente con lo que tenemos hoy. Si bien lo digital ni se asoma por las páginas, y la tecnología de ese futuro imaginado corresponde más bien a un esquema de elaboradísimos sistemas mecánicos automatizados, aspectos tan relevantes como la desintegración de Rusia, la desaparición de la familia como unidad fundamental de la sociedad, la igualdad de la mujer, la globalización, la tal guerra contra el terrorismo (que califican como “una serie de delincuencia con finalidades aún no bien definidas” -de hecho el mismo día de la bomba en Barraquilla hay ataques simultáneos en Nueva York y París-), y el establecimiento de rutas permanentes de vuelos interoceánicos, están allí presentes.  Hay incluso un aparato que se parece sorprendentemente a un Ipad, y el periódico El Sol, si bien aún impreso, tiene más de 20 ediciones al día que se actualizan a distancia. Imposible no pensar en El Heraldo en Internet.

Las conversaciones que se llevan a cabo entre Rogers y los barranquilleros del siglo XXII terminan finalmente obedeciendo a un truco bastante clásico de quienes imaginan el futuro: criticar el presente; en el marco de una sociedad fuertemente transformada, el autor está a sus anchas para enumerar lo que no funciona –no funcionaba- en el siglo XX. Entre ello la democracia, la cual colapsó finalmente en la crisis del año 2000, que casi lleva a la extinción de la especie humana producto de la superpoblación y el poco entendimiento. ¿Más coincidencias?

Finalmente la historia lo que desarrolla es una trama de aventuras, la cual también se inserta en lo que cualquier lector esperaría de la ciencia ficción. Para los aficionados al género les informo que pueden estar tranquilos: hay carros voladores. Y también vida en Marte, pero según datos del año 2132 allí apenas están experimentando la propulsión con hulla y gasolina, mientras que en la Tierra ya ni siquiera los hombres se mueven con fusión atómica sino haciendo uso de los gases naturales presentes en la atmósfera los cuales se comprimen y se separan en moléculas en una recámara que… en fin.

Una experiencia rica de leer, que si bien no tiene trazas de lo que a veces tan despectivamente los colombianos de la montaña definimos como costeño, sí tiene un sabor y una riqueza que sólo está presente en aquellos que respiran el aire del Caribe.

 

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Mujeres de Charles Bukoswski

Women

Cuando Henry Chinaski comienza a contar su vida tiene 50 años y no ha tenido sexo hace cuatro. Ni siquiera tiene amigas mujeres. Se masturba seguido. En el año que corre lleva acumuladas cerca de 300 resacas de alcohol; una para cada mañana, aunque a algunas les ha dedicado dos. Y hasta hace poco era un trabajador raso del servicio postal, empleo que era el último eslabón de una cadena de otros empleos rasos y miserables, pero los ha dejado todos para hacerse escritor. Y en verdad escribe: 18 palabras por minuto, 17 páginas cada día, una primera novela terminada en 21 noches. Lo mejor es que al público le gusta. Pero su verdadera fuerza parece estar en los poemas, muchos poemas, varios libros de poemas, que catapultan a Chinaski hacia otra dimensión.

Porque a partir de entonces, a partir de una primera invitación a leer su poesía en una librería de buen prestigio, la vida destartalada de Chinaski despega frenética y violenta con el momentum que ha acumulado durante años. Es como si su propia existencia le estuviera devolviendo con intereses todo lo que le negó sistemáticamente en las últimas décadas. Mujeres, comencemos por las mujeres: de todo tipo. Chinaski ve en un mes los pubis que no ha visto en años. Sodomización, masturbación mutua, tríos, sexo oral, sexo vaginal, doggy style, cowboystyle, fetiches, todo lo experimenta Chinaski. Se convierte, de la noche a la mañana, en una máquina de follar. Lo que sucede es que la sociedad moderna (el libro se desarrolla hacia finales de la década de 1970) ha tomado a un escritor de poemas y lo ha elevado a categoría de rockstar. Las universidades pagan sus viajes, su alcohol, y lo hospedan en hoteles para que dé recitales en auditorios que se revientan de asistentes, muchos de ellos lindas muchachas con quienes luego Chinaski, que es feo como una blasfemia, “cabalga” y “pedalea” al decir de la jerga brutal y explícita que utiliza para referirse a todas sus experiencias de fornicación, las cuales, paradójicamente, no son tan afortunadas. No son pocas las veces en las que, después de 10 “bombazos”, eyacula prematuramente, o peor, ni siquiera consigue terminar o al menos lograr una erección, pues está tan borracho que entre las piernas sólo le queda “un espagueti mojado”. Tras lo cual, Chinaski, se enrolla sobre sí mismo y se voltea para el otro lado en la cama. Pero sus mujeres le perdonan todo, y a la mañana siguiente o al despertar a las pocas horas, está de nuevo sirviéndose un vodka 7 o desocupando botellas de cerveza, y ahora, armado y listo, después del descanso, se prepara para “partir en dos” a su compañera de colchón. Y vaya si así lo logra. En una ocasión menciona que se sintió violando a la Virgen María.

Así es la vida de este personaje, hoja tras hoja,  narrada con un prosa que es pura fibra y músculo, sin nada de grasa, y con la agilidad del punto seguido y la escasa adjetivación. Las descripciones de las conversaciones y las peleas, las múltiples y escandalosas peleas con sus mujeres, tienen una gracia absurda, especialmente aquellas escenas de violencia e histeria con Lydia Vance, cuya imagen parece corresponderse con la de una ex amante real del autor.

Atravesándolo todo hay algo de drogas blandas y duras, un poco de música fuerte, velocidad irresponsable en carros, dos incidentes menores con prostitutas, y menciones a abortos y otros excesos por el estilo. Pero no se crea que el libro se va por allí: la dinamita permanece en lo clásico: en el sexo y el alcohol, hasta el punto que el lector se pregunta por qué razón está leyendo aquello que por tono y frecuencia bien podría ser pornografía. Pero en el momento justo aparece la reflexión que ha venido esperando  después de tantas páginas del viejo mete y saca –como diría Alex en La Naranja Mecánica- cuando Chinaski descubre que él no es más que un huérfano de los placeres juveniles que la vida sí le regaló a otros. Lo expresa brutal, porque así es él, pero conmovedoramente “finalmente era mi turno, finalmente me estaba tocando a mí. Por fin estaba follándome a todas las mujeres que quise y que no tuve desde 1937”. Sí, suena a pornografía, pero no lo es. Créanme. En el cine la diferencia entre el porno y el erotismo la marcan el valor de plano y el ángulo de la cámara. Aquí, que no es cinematografía sino novela, la distancia con lo soez está dada por lo profundo que llega el protagonista dentro de sí mismo para descubrir la naturaleza de sus excesos “un hombre puede perderse a sí mismo por pasársela nada más que follando”. A partir de esta frase el libro entra en una onda de algo parecido al entusiasmo y al optimismo. Increíble. Tal vez tanto frenesí vaya por fin a parar.  Pero ese es el último chiste rancio de Bukowski. Porque a esa altura a la novela le quedan 36 líneas para el punto final.    

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Lectura de vacaciones

Campo de batalla

Ampliación del campo de batalla de Michel Houellebecq

Este libro no es mío sino que me lo prestó un amigo bajo una especie de desafío; “lea sólo la primera página, y si al final no se ha reído tres veces, lo deja”. Por supuesto esto fue una exageración para motivarme, pues yo no leo francés (que es la lengua del autor) y la edición que me ofrecía era una traducción al español de España, lo cual siempre arroja frases que suenan a teleserie de Antena2, más chistosas que literarias, y me desconcentran. Pero me quité el prejuicio de encima, acabé la primera hoja, y seguí de largo hasta que terminé esta novela corta en cosa de tres días.

Se trata de un tremendísimo libro que zapa las columnas sobre las que se sostiene esta época de verdadero mercantilismo. Se burla con un ingenio muy agudo de todo lo que es moderno: de la tecnología, del aseo, de la democracia, del capitalismo, de la libertad sexual, de la música de discoteca, de los carros, de los sistemas de seguridad,  de los hombres –tanto de los feos como de los buenos mozos- y de las mujeres. Esto último ha generado tanto ruido que la novela y su autor son señalados  como misóginos. Y es posible que sea verdad; finalmente todos los hombres a los que alguna vez haya rechazado una mujer (aunque sea la propia madre) tenemos, sea manifiesto o latente, un sentimiento enconado. Así que el libro es abierto en lo que toca a todas estas pasiones y no se anda con mieles. De entrada el protagonista, quien es un programador de sistemas con buen salario y proyección laboral, lleva dos años sin tener un encuentro sexual y se masturba seguido aunque sin mucho ánimo. Aquí, precisamente, la novela toca un nervio importante: que la tal liberación sexual es detestable. Del mismo modo como el liberalismo económico produce ricos muy ricos y pobres muy pobres, la relajación y casi aniquilación del misterio sexual entre hombres y mujeres produce millonarios y paupérrimos del sexo. Se desprecia la lentitud, se desprecia la timidez, y se ridiculiza el pudor. El resultado de todo esto es que hay ricachones del lecho que follan todos los días, otros que apenas follan seis o siete veces en sus vidas, y unos pobretones que nunca lo logran. Apuesto a que entre los que leen esto hay uno de cada cual. Por supuesto que se  trata de una exageración, pero es que ese es a veces el último recurso que le queda a alguien para hacerse entender. Y todas las exageraciones bizarras que trae el libro son eso: el lamento de un autor que antes que prosista fue poeta.

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Obituario

Jefferson

Thomas Jefferson, autor de América de Christopher Hitchens

Aprovecho la coyuntura causada por la muerte del autor para comentar este libro, el cual se quedó en mi lista de opciones para escribir el día 12, el de la biografía.

Puedo comenzar este párrafo de la misma manera como comencé el de Simón Bolívar ¿qué cosa nueva podía escribirse sobre Thomas Jefferson? Nada, porque ya todo estaba dicho. Eso es lo que sucede cuando se toma como objeto de estudio un sujeto como él; una figura importante sobre la cual ha corrido más de 200 años de agua del río del tiempo, y a quien se ha mirado desde muchos ángulos y se le han pulido las aristas. Que sepa yo los biógrafos estudian a tres Jefferson: al político y prócer, por supuesto;  al diplomático, es necesario; y al inventor y explorador, pues esa es tal vez la faceta que más cautiva a sus estudiosos,  hasta el punto de haberlo nombrado, no sin cierto empalague,  como el prototipo del hombre renacentista en América, tierra donde al parecer solo pelechaban bárbaros.

Este libro de Hitchens no es una biografía detallada; se trata de un libro corto, de apenas 188 páginas, que si bien cuenta aspectos relevantes en torno a fechas, viajes, estudios y familia, se ocupa más bien de darle a entender al lector quién es realmente el tipo debajo de toda la pátina de óleo con que lo retratan en los cuadros. Aunque reconoce el valor de sus acciones en asuntos tan sustanciosos como la compra a los franceses de la Luisiana (masiva expansión de territorio que le permitió a los Estados Unidos dejar de sentirse una incipiente confederación de colonias para ponerse a la altura de las encopetadas potencias imperiales) Hitchens le señala varias veces una mancha en la cara: la cuestión de los esclavos. A pesar de haber construido todo su prestigio de ilustrado basado en la lucha por la libertad y la igualdad, Jefferson siempre tuvo propiedad y título sobre otros seres humanos. Y las veces que planteó el asunto abolicionista como política de estado lo hizo escondido tras un concepto bastante vergonzoso, incluso para la época: despreciaba tanto a los negros que pedía su emancipación, sí, pero para deportarlos de vuelta a África a donde pertenecían con todo su salvajismo.  

Este argumento en particular Hitchens lo trae varias veces a cuento como modo de aguar la fiesta. Nos recuerda que cuando nos emocionamos con la lírica de la  declaración de independencia, en donde se proclama que el hombre tiene el derecho constitucional de buscar la felicidad, y con un presidente que recibía en la propia casa de gobierno a los jefes de los indígenas nativos, en realidad estamos ante  alguien que,  cuando se trató de lo fundamental,  fue un terrible incongruente. El autor nos da a entender que a pesar de compartir tiempo, espacio y circunstancias estamos ante una figura mucho más pequeña que Washington, y sobre todo, que Franklin. Sin embargo Jefferson logró colarse a la historia en el mismo renglón. Todo indica que se trató de astucia. No obstante cuando Hitchens intenta una descripción física de su biografiado comienza a quedarse corto de palabras y no le queda más que hacer el ejercicio de relacionarlo con un animal. Y nos dice que Jefferson tenía cara de zorro.



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Día 31: Epílogo

Escribí ayer el último post de los 30 libros, y publiqué la última referencia según el orden que indicaba la lista original de quien ideó el reto. Hoy los leí nuevamente uno por uno, los miré con ojo atento, y pesqué errores en la redacción, y si bien estas entradas son a duras penas una suerte de notas de prensa y no piezas de escritura importantes,  de todas formas me critiqué por caídas en el tono y ausencias de ritmo. La conclusión es que si volviera a nacer cambiaría por completo dos. Y además intentaría llegar al mismo punto en mi vida con más cantidad de libros leídos para así tener mayor momentum acumulado a la hora de soltar la mano.  Solo una entrada la dejaría tal cual, porque me gustó bastante.

Aunque no estoy seguro de si en mi renacimiento volvería a leer. No sé hasta qué punto la lectura ha dejado de convertirme en un hombre de acción. Expongo el caso de mi papá, quien nunca ha sido un gran lector, salvo de prensa matutina, y quien casi todo lo arregla con sus manos: plomería, albañilería, electricidad y electrónica, mecánica, carpintería, soldadura, e incluso, joyería. Y no es que sea él un jayán de finca; hasta el año pasado andaba de corbata todos los días y sentado a mesas con los que salen en los periódicos. Todo eso, sin leer muchos libros. Algunas veces durante las vacaciones de diciembre lo vi comprar en un semáforo cosas como la confesión de Carlos Castaño o la vida del general Serrano. Pero nunca nada más, ni siquiera libros de economía o de finanzas. En cambio es un hombre de pura acción, quien se recuperó en poco tiempo de una seguidilla de descalabros que bien hubieran postrado a otro. Y durante esa convalecencia y pena ni un libro pidió, y apenas tuvo fuerza agarró un alicate.

Pasado mañana me voy con él cinco días a reparar una casa que se la está comiendo el salitre y la humedad, y en donde lo que tiene que subir no sube, lo que tiene que bajar no baja, lo que contiene agua gotea, la madera está podrida, el plástico cristalizado y el metal oxidado. A donde voy no pienso llevar el computador, porque no es un aparato que pertenezca al paisaje,  y pretendo aprovechar para apagar el teléfono celular en la primera curva de la carretera en que se pierda la señal. Mi inquietud es si debo llevar un libro, para entretenerme cuando se acabé la jornada, pues mi papá se acuesta temprano y encima no es buen conversador. Quiero aprovechar el momento  para dejar de leer y dedicarme más  a la plomería, la albañilería, la electricidad, la electrónica, la mecánica, la carpintería y la soldadura. Cosas que, aunque me aplico poco a ellas,  cuando las hago no me salen tan mal.

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Día 30: Uno que pueda salvar vidas.

Diversidad

La Diversidad de la Vida  de Edward O. Wilson

El autor de este libro profundiza bastante en el estudio de la jerarquía de lo vivo. Visto con el ojo desnudo es un biólogo, pero si sobre él se sobreponen lentes de aumento y se progresa en la magnificación, a 1x es posible descubrir un entomólogo (insectos), quien a 2x se ve como un especialista en hormigas, quien a 3x  estudia las estructuras sociales de las colonias, y quien, finalmente, visto a 4 veces su tamaño natural, es el científico que planteó que las feromonas son la base del sistema de comunicación de estos particulares animalitos.

¿De qué manera alguien que observa hormigas frotándose las antenas puede escribir un libro para salvarle la vida a otro? Pues bien, de entrada Edward O. Wilson plantea que las hormigas son organismos vivos que ya estaban en el planeta Tierra mucho tiempo antes que apareciera el primer homínido, y los cuales seguirán aquí muchos siglos después de que un viento bíblico acabe por fin con los humanos, de modo que es lógico que tengamos mucho que aprenderles en aquello de sobrevivir como especie. Eso para empezar. En segunda instancia hace notar que la sumatoria de la biomasa de los insectos vivos que a cualquier hora del día caminan sobre el Planeta es exponencialmente superior a la de todos los mamíferos juntos, lo cual, palabras más palabras menos, significa que son ellos y no nosotros los dueños de la Tierra. Parodiando a Mao, si todos los escarabajos del mundo se pusieran de acuerdo para dar una zancada al mismo tiempo, las llamadas especies mayores tendríamos un mal rato.

Finalmente en todos sus años de estudio, Wilson ha viajado por los mayores bosques y selvas del mundo, incluidas las colombianas, y ha logrado un tremendo entendimiento de las delicadas tramas de interrelaciones con que se teje el mundo físico, en especial  en lo que toca a la biología. Sobre el caso particular de Colombia, fue él quien sugirió que en un solo tronco de un solo árbol de la selva profunda chocoana, hay más biodiversidad que en una cuadra de tierra de la Europa continental.

Con todo este equipaje de conocimiento Wilson ha comenzado a escribir una serie de libros (es premio Pulitzer) y a dictar conferencias en torno a la biodiversidad pero dándoles un inteligentísimo giro: asegura, y de manera bastante convincente, que la conservación del medio ambiente es un negocio más rentable y ganador que la producción de hardware, o de software, o de tenis Reebok. Y ha comenzado a generar cierta inercia de cambio en los gobiernos y en las grandes corporaciones comerciales, a quienes por supuesto se les abre la agalla cuando escuchan la palabra dinero.

Ahí ven cómo es que el doctor Edward y sus hormigas nos están salvando el pellejo a todos.

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Día 29: Uno que se haya robado.

rayuela

Rayuela de Julio Cortazar.

Robar nunca ha sido mi pecado, y menos robar libros. Aunque la última semana de colegio sí hice una bellaquería: asalté varias mochilas, sustraje textos de química, física, cálculo y filosofía -los cuales nunca más nadie volvería a usar-  y los vendí como libros de segunda en el pasaje La Bastilla. Un compañero medio matón se dio cuenta y me hizo compartir con él la mitad de la ganancia, o si no me masacraba a puñetazos.

Pero no creo que los textos de colegio cuenten como libros; a lo sumo serán papel impreso y empastado. Libros de verdad no le he robado a nadie, ni siquiera a la biblioteca del colegio cuando fui bellaco. Tampoco soy olvidadizo, así que no me quedo con préstamos. Puedo demorarme un año, pero los devuelvo. He devuelto todo salvo Rayuela, el cual me prestó una amiga en primer semestre de universidad, quien lo había comprado por influencia de un noviecillo fugaz; un tipo que era mi amigo de bachillerato y quien acosaba a las mujeres con pesadísimas retahílas literarias. Ella por supuesto lo abandonó en la tercera hoja.  Al libro, digo, porque a mi amigo lo dejó en la primera.  Alguna vez yo se lo pedí prestado y en efecto nunca lo devolví. Al libro.

No lo quiero, ni siquiera lo he leído. He hecho intentos por leer Rayuela unas cuatro veces y no he conseguido nada. Seguro el equivocado soy yo, pero la pereza que me produce es tal que hasta comencé a escribir un cuento burlándome de él. O de sus lectores, más bien: el argumento de mi cuento consiste en una historia larguísima que no se lee de manera lineal sino que el lector debe saltar de capítulo en capítulo según se le indica. Y entre salto y salto nunca nadie sabe bien en qué lugar de la novela se encuentra, pues nunca hay certeza de cuántas hojas se han leído o cuántas restan para acabar. En conclusión, se trata de un libro que no tiene final y que se recomienza infinitas veces, como un círculo. Los lectores solo se percatan de ello después de mucho tiempo, cuando comienzan a sentir cierta sensación de déjà vu, de ya he pasado por aquí, de volver al mismo lugar en el bosque después de un largo rodeo involuntario. Pero nadie se atreve a decirlo y todos aseguran haberlo terminado.

En fin, el cuento también quedó inconcluso. Falta de oficio. Falta de técnica. Falta de talento. Falta de haber leído a Julio Cortázar.

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Día 28: Uno que lo haya asustado

Entiero prematura

Un Entierro Prematuro de Edgar Allan Poe

Si lo que se trata es de elegir un título pues elijo este, aunque en realidad podría escoger cualquiera de las historias de terror funerario de Edgar Allan Poe. Esta en particular trata de un asunto bastante horroroso: ser enterrado vivo. Pero si soy sincero debo decir que nunca he experimentado pavor genuino leyendo un libro. Cierta incomodidad sí, pero susto nunca. No es que sea yo muy valiente, sino que no creo que la lectura tenga tal poder evocador. De hecho pienso que en este aspecto los libros están un tanto sobrevalorados.

El miedo es una sensación poderosa, y por lo tanto despertarla no es cuestión de palabras, sino de excitar todos los sentidos. Por eso, además del mundo real que tiene avalanchas, sicarios y calles oscuras, el miedo solo lo produce el cine, que es capaz de generar histerias masivas, cosa que no hacen los libros. Los libros incomodan, tal vez inquietan, ciertamente son capaces de mandar a alguien a la cama con un nudo de angustia en la garganta, pero no desencadenan miedo. No el miedo legítimo, que es aquel que clava humanos al piso. Puede alguien amar mucho la literatura y los autores de terror, pero le apuesto lo que quiera a que con un párrafo no salta como lo hace con un ruido extraño en la puerta de la casa, o peor aún, con una típica secuencia de cine de terror occidental.  

La prueba de esto que digo está en el célebre episodio de La Guerra de los Mundos, que ni siquiera es una historia de terror: para que la sociedad se pusiera patas arriba y las mujeres se desmayaran fue necesario que Orson Welles lo pasara por radio. La novela ya existía desde antes, y no hay reportes de que le hubiera sacado a alguien aunque fuera un gritico.  

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Día 27: Uno que le regalaron y no le gustó

invierno

Invierno en Madrid de C.J Sansom

Cada fin de año yo dejo la montaña y me voy lejos, a la tierra caliente, a sudar. No es sino terminar de bajar la cordillera y llegar al río Cauca para que yo sea otro tipo, porque el calor obra en mí de manera tonificante y me pone el espíritu de un muchacho chiquito. Además me aliviana la vida: me simplifica la opción de ropa, y también la agenda de lecturas. Donde sea que madure un níspero allí no estaré yo leyendo algo importante. Es por esto que en las vacaciones de diciembre yo leo best sellers, los cuales generalmente son libros que entran facilísimo, como una Coca-Cola fría.

En una de esas navidades, no hace mucho, mi mamá me dio un best seller. Creo que era la novela de moda en la Librería Nacional, y sin duda le pareció un buen regalo. Trata sobre un exsoldado  inglés, quien tras quedar parcialmente lisiado –y traumatizado-  en la retirada de Dunkerque entra a trabajar al servicio diplomático británico, y sin saber muy bien cómo ni por qué termina convertido en un espía de su embajada ante la España de Franco. Allí, además de las intrigas de gobierno, se ve involucrado en el esfuerzo de una antigua enfermera por encontrar a un viejo amante anarquista desaparecido tras la derrota de las brigadas internacionales en la batalla de Jarama. Todo muy histórico sí, y hasta geopolítico, pero tremendamente melodramático.

Un libro de vacaciones en todo el sentido de la palabra, desde la cubierta hasta la última letra. En la contraportada carga incluso con dos pequeñas reseñas literarias; una del Daily Express y otra de The Guardian. Esta última debió advertírmelo porque dice textual “un logro extraordinario” [a remarkable achievement]. Y esa frase la usaron para recomendar el Diario de Bridget Jones.